Todos contra todos. Sin matices, sin tacto electoral, sin medir el daño hacia adentro de la fuerza política. El peronismo, especialmente el bonaerense, se ha convertido en una batalla campal diaria. Uno dice y el otro se ve necesitado de contestar. Y viceversa. Hasta el hartazgo. Mientras tanto, la militancia racional, la que sueña con un regreso al poder del escudo justicialista, no deja de asombrarse por la enorme capacidad autodestructiva del espacio.
“Manda el caos”. Así describió este momento un diputado nacional de la provincia de Buenos Aires. Máximo Kirchner cuestiona a Axel Kicillof sin nombrarlo, Facundo Tignanelli y Emanuel González Santalla se trenzan en una discusión ilimitada con Juan Manuel Abal Medina; Sergio Berni se cruza con Verónica Magario en el Senado de la provincia que termina con la Vicegobernadora cortándole el micrófono.
Todo sucede frente a un gobierno nacional que aún no ha podido explicar el patrimonio de su Jefe de Gabinete y que ha logrado, con el respaldo de los aliados, que el Congreso lo saque de la cancha. El peronismo no solo no capitaliza los problemas del oficialismo, sino que se encarga de autogenerarse conflictos internos que lo ponen en la primera plana de la agenda política.
Lo sucedido ayer en el senado bonaerense dejó en claro que el peronismo vive uno de sus momentos más tumultosos y que el sábado, el discurso de Máximo Kirchner detonó la precaria convivencia que había entre el kicillofismo y el cristinismo. Desbloqueó una nueva etapa de la interna y le dejó la puerta abierta a un puñado de dirigentes que tenían el enojo contenido en la garganta.
En la tarde del miércoles, el ex ministro de Seguridad bonaerense cuestionó a Kicillof. Al mismo que defendió durante cuatro años de gestión, donde el sello de Berni en la seguridad le generó soluciones en el plano operativo y dolores de cabeza por su alto perfil. Lo hizo en la primera sesión ordinaria del año. Se abrieron las puertas de la Legislatura bonaerense y el peronismo se ahogó en sus problemas internos.
Aseguró que Kicillof “desde su mirada de izquierda” escribió artículos cuestionando la política económica durante la presidencia de Néstor Kirchner, y que aún así Cristina Kirchner “lo llevó a Aerolíneas Argentinas, lo hizo viceministro y ministro de Economía”. Magario, después de varias advertencias y un cruce preliminar por las licencias en el recinto, le cortó el micrófono.
Mario Ishii tuvo también su momento de crítica dentro del debate parlamentario. El intendente de José C. Paz en uso de licencia, apuntó contra el Gobernador, al que “invitó a caminar por el conurbano” para advertir la compleja realidad social que hay en el territorio. “Hay más de 80 ollas populares en cada distrito y una ola de gente buscando comida”, indicó. Los cuestionamientos fueron generados porque no se trataron los proyectos de emergencia alimentaria y humanitaria que el senador había presentado.
El presidente del bloque de senadores del peronismo y el vicepresidente de la cámara, ambos de larga trayectoria en el justicialismo, cuestionaron en una sesión a un gobernador del peronismo. Lo sucedido es una muestra del estado de situación del espacio político a esta altura del 2026. No hay conducción, no hay reglas claras y no hay noción real del daño que la interna le está generando a toda la fuerza. La credibilidad y la capacidad de ser confiables a futuro entran en jaque cada semana.
La interna se devora cualquier acción lógica de la oposición. Se ha vuelto insostenible y ha adquirido una ferocidad rotunda en las últimas horas, donde los límites se desdibujaron. “Estamos regalados. Lo que está pasando es increíble. Es una locura”, se sinceró un intendente del conurbano, que está completamente resignado ante la infinidad de peleas que atraviesan a la fuerza política.
En la antesala del enfrentamiento en La Plata, hubo una discusión virtual muy fuerte entre Tignanelli, que es presidente del bloque justicialista en la Cámara de Diputados de la provincia, y un hombre muy cercano a Máximo Kirchner, y el ex jefe de Gabinete Juan Manuel Abal Medina, que en la actualidad está en las filas del kicillofismo. El principio de esa mini historia fue el lunes, cuando el ex funcionario criticó el discurso del líder de La Cámpora en Parque Lezama, pese a haber estado presente en el escenario.
“El acto no me gustó. No me gustó el discurso de Máximo para nada. Fue muy internista, pegándole a Axel”, dijo Abal Medina en el streaming de Infobae. Esa afirmación generó, en primera instancia, una crítica del senador provincial Emannuel González Santalla. “El problema lo teníamos si decía que le gustó el acto a este garca que hace 10 años que trabaja de criticar a Cristina en los medios”, sostuvo en las redes sociales.
“Fuiste algo en la política por Cristina y cuando dejó el gobierno y la empezaron a perseguir rompiste el bloque en 2016 pidiéndole autocrítica y te borraste para enfrentarla al año siguiente. Ahora que Ella está presa y proscripta salís corriendo después de un acto a tirarle a Maximo en los medios”, sostuvo el legislador camporista.
Abal Medina retrucó: “Dije y digo que me jode el exceso de internismo venga de donde venga. ¿Qué tal si vos y otros “valientes” van a defenderla a Cristina en los medios que son mucho más incómodos para nosotros en vez de chicanear cómodamente en las redes?“. La discusión se entrelazó con un aporte de Tignanelli, quien lo acusó de ser “funcional al macrismo” y de ser ”un agente divisor de la unidad” peronista durante la gestión nacional de Mauricio Macri.
“Estas desubicado, perdido y desorientado”, le dijo el camporista. Y agregó: “Fuiste un jefe de gabinete espantoso, vago, que le gustaba dormir hasta tarde”. Abal Medina respondió: “Desubicado estas vos que tenés que salir a instalar mentiras viejas para llenarle la cabeza a Máximo para mantener tu lugarcito intrascendente. Hablas para los mismos cien de siempre. Asi nunca vas a existir en política y seguirás siendo siempre el pseudo ñoqui que tuve a mi cargo en la JGM”. El debate se fue desmoronando hasta llegar al subsuelo.
Los cuestionamientos se van encendiendo de uno y otro lado. No hay final para tantas diferencias. Y, sobre todo, no hay marcas en la cancha para saber los límites del juego de poder. El peronismo sigue enfrascado en sus problemas y en sus obsesiones. Nadie se puede escapar de esta interna feroz, llámese como se llame.
FUENTE: INFOBAE



