A las 12.56, la multitud que esperaba desde bien temprano, cuando el sol recién se estaba desperezando y la temperatura invitaba a un abrigo acogedor, de repende enmudece. La música que desde las 9 de la mañana acompañaba la jornada se apaga. Solo se escucha el rugir del motor V8 de Renault que calza el Lotus que está guardado en la pituca carpa de Alpine que oficia de box. Franco Colapinto ya estaba sentado en la butaca. Su sueño de acelerar un F1 en la Argentina está a punto de cumplirse.
Un minuto después, el E20 sale de boxes y el rugido se mezcla con el delirio del público. El “olé, olé Franco Franco” inunda las calles de Palermo. Rápida acelerada sobe avenida del Libertador, llega al Monumento de los Españoles y desparece. Sin embargo, se lo sigue escuchando, más allá de que los parlantes repliquen el ambiente y la transmisión. Ese motor se siente.
De repente, Colapinto aparece otra vez en la recta de Libertador y al llegar a la cabecera tira un trompo, dos, tres… El humo y olor a caucho quemado hace delirar a la gente que está en la tribuna de frente y a los que llegaron temprano para abarrotar la zona gratuita. Franco realiza varias pasadas, hasta que a los 20 minutos de haber salido de boxes la primera salida del día se termina
Los Pirelli traseros de exhibición (son cubiertas bastante pequeñas) están para viajar directo al tacho. Mientras los mecánicos de Alpine guardan el Lotus, Franco sale a saludar a la gente que está en Libertador. Le llueven buzos, gorras… La locura de la gente es total. Colapinto hace unos 150 metros a puro saludo y pega la vuelta corriendo.
Detrás, su séquito de guardaespaldas, camarógrafos e integrantes de comunicación de Alpine deben correr también. Colapinto recibió el cariño del público y se dio un gusto especial: giró delante de su abuela, quien acompañada por gente del SAME porque la emoción podía ser fuerte, vivió todo a unos diez metros de boxes. Antes de comenzar la salida, Colapinto se acercó a saludarla. Día de emociones para Franco.



