El Papa León XIV utilizó el estrado más importante del catolicismo para lanzar una advertencia sin precedentes. Durante la celebración del Domingo de Resurrección, el Sumo Pontífice exigió la detención inmediata de todos los conflictos armados que asolan al planeta, demandando una metamorfosis profunda en la mentalidad de los líderes mundiales y de la sociedad civil.
Ataviado con la muceta roja y la estola —obsequio del Patriarca Ecuménico Bartolomé—, el Santo Padre se dirigió a los 50.000 fieles presentes desde el balcón central de la Basílica Vaticana. Su discurso, aunque pronunciado con un tono entero y sereno, tuvo la contundencia del mármol al señalar a quienes han sucumbido a la lógica de la confrontación. En su mensaje Urbi et Orbi, el Pontífice imploró a Dios “que conceda su paz a un mundo asolado por las guerras y marcado por el odio y la indiferencia”.
“Nos estamos acostumbrando a la violencia, nos resignamos a ella y nos volvemos indiferentes. Indiferentes a la muerte de miles de personas. Indiferentes a las consecuencias de odio y división que siembran los conflictos. Indiferentes a las repercusiones económicas y sociales que producen, y que todos sufrimos”, sostuvo.
León XIV fue tajante al dirigirse a los actores que sostienen el poder bélico en la actualidad. Con una firmeza que resonó en cada rincón del Vaticano, el Papa exhortó a un cambio de paradigma en la resolución de disputas internacionales. Su pedido no fue solo diplomático, sino moral: “¡Que quienes empuñan las armas las depongan! ¡Que quienes tienen el poder de desatar guerras elijan la paz! ¡No una paz forjada por la fuerza, sino por el diálogo! ¡No por el deseo de dominar a los demás, sino por el encuentro!”
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